Ya me han operado. Ya tengo una raja de unos 10 cm que me atraviesa el cuelllo con unos bonitos 11 puntos que me tiran que da gusto. El cuello es una zona malísima, cualquier movimiento de cabeza hace que se resienta todo y a la que me entra tos o un bostezo, veo las estrellas. Tendré que aguantar el tirón y a ver el jueves que viene, cuando me visite el doctor que me operó, si me quitan los puntos. Aunque eso es lo menos importante ahora, el jueves posiblemente ya me dirán con exactatitud cual será el tratamiento y qué tipo de quimiotrapia me pondrán. Eso sí que es importante.
Según nos dijo el cirujano, cuando me abrió no se encontró lo que pensaban. No estaba el ganglio con el linfoma que me pensaban extirpar, y se encontró una especie de sábana linfática, por encima de los ganglios, justo debajo de la piel, que según palabras del propio doctor, era un caso basante extraño. No sé cómo interpretarlo, ya que por un lado, el que dijera que era una capa fina puede que sea una buena noticia, pero también el hecho de que sea algo poco habitual, me intranquiliza bastante porque al fin y al cabo el linfoma de Hodgkin es una enfermedad que tienen controlada y si lo mío se sale un poco de la norma... esperemos que sea para bien.
Anoche seguí en mi linea de insomnio, pero empieza a ser ya parte de mi vida y mientras no me duela la raja del cuello, no importa demasiado dormir mucho o poco. Le continúo dando vueltas al coco y pese a que soy consciente de que tengo lo que tengo, de que asumo que ahora viene todo el tratamiento y que lo pasaré mal, es imposible no pensar. La enfemera que estuvo conmigo en el Hospital del Mar, me dijo que lo preocupate sería que no pensara en ello o que no me importara, y tiene toda la razón. No soy tan irracional como para que me dé igual todo. Además, perder de vista la realidad de las cosas puede tener peores consecuencias, porque lo que hay es evidente, por lo menos hasta que consiga librarme de la enfermedad.
Lo que me ronda por la cabeza, y mucho, es el tema de los efectos de la quimio. La hematóloga le dijo a mi novia que posiblemente tendría que hacer una donación de semen. Todavía no quiero meterme de pleno a valorar la gran putada que puede suponer que mis chavales pierdan su puntería de cara a acribillar el óvulo, pero cuando me lo confirmen ya tendré tiempo de pensar y repensar. Supongo que con eso sí que me dará cierto bajón, porque no creo que me de cuenta de la gran putada que supondrá hasta que se confirme, o no. Esperemos que no, pero si pasa, otra cosa más que tendré que asumir. Creo que soy fuerte, pero joder, al final va a ser demasiado peso sobre mis espaldas. Y no las tengo tan anchas.
Creo que para mañana, cuando me apetezca volver a escribir algo más, o cuando me haya informado sobre cómo funciona todo el tema, empezaré a desplegar las coñas fáciles sobre las donaciones de semen. Aunque tiene que ser un momento jodido, saber que esa eyaculación va a ser tu última con carga suficiente como para tener un hijo, o cuatro como pretende una que yo me sé, es una gran responsabilidad. Meter todas tus esperanzas de traer un perico más a este mundo en un bote de plástico. Creo que necesito rezar con un poco más de fuerza. Dios es perico. Tamudo es perico. El silogismo ya sabemos todos cómo acaba.