viernes, 29 de junio de 2007

29 de Junio de 2007

Ya me han operado. Ya tengo una raja de unos 10 cm que me atraviesa el cuelllo con unos bonitos 11 puntos que me tiran que da gusto. El cuello es una zona malísima, cualquier movimiento de cabeza hace que se resienta todo y a la que me entra tos o un bostezo, veo las estrellas. Tendré que aguantar el tirón y a ver el jueves que viene, cuando me visite el doctor que me operó, si me quitan los puntos. Aunque eso es lo menos importante ahora, el jueves posiblemente ya me dirán con exactatitud cual será el tratamiento y qué tipo de quimiotrapia me pondrán. Eso sí que es importante.
Según nos dijo el cirujano, cuando me abrió no se encontró lo que pensaban. No estaba el ganglio con el linfoma que me pensaban extirpar, y se encontró una especie de sábana linfática, por encima de los ganglios, justo debajo de la piel, que según palabras del propio doctor, era un caso basante extraño. No sé cómo interpretarlo, ya que por un lado, el que dijera que era una capa fina puede que sea una buena noticia, pero también el hecho de que sea algo poco habitual, me intranquiliza bastante porque al fin y al cabo el linfoma de Hodgkin es una enfermedad que tienen controlada y si lo mío se sale un poco de la norma... esperemos que sea para bien.
Anoche seguí en mi linea de insomnio, pero empieza a ser ya parte de mi vida y mientras no me duela la raja del cuello, no importa demasiado dormir mucho o poco. Le continúo dando vueltas al coco y pese a que soy consciente de que tengo lo que tengo, de que asumo que ahora viene todo el tratamiento y que lo pasaré mal, es imposible no pensar. La enfemera que estuvo conmigo en el Hospital del Mar, me dijo que lo preocupate sería que no pensara en ello o que no me importara, y tiene toda la razón. No soy tan irracional como para que me dé igual todo. Además, perder de vista la realidad de las cosas puede tener peores consecuencias, porque lo que hay es evidente, por lo menos hasta que consiga librarme de la enfermedad.
Lo que me ronda por la cabeza, y mucho, es el tema de los efectos de la quimio. La hematóloga le dijo a mi novia que posiblemente tendría que hacer una donación de semen. Todavía no quiero meterme de pleno a valorar la gran putada que puede suponer que mis chavales pierdan su puntería de cara a acribillar el óvulo, pero cuando me lo confirmen ya tendré tiempo de pensar y repensar. Supongo que con eso sí que me dará cierto bajón, porque no creo que me de cuenta de la gran putada que supondrá hasta que se confirme, o no. Esperemos que no, pero si pasa, otra cosa más que tendré que asumir. Creo que soy fuerte, pero joder, al final va a ser demasiado peso sobre mis espaldas. Y no las tengo tan anchas.
Creo que para mañana, cuando me apetezca volver a escribir algo más, o cuando me haya informado sobre cómo funciona todo el tema, empezaré a desplegar las coñas fáciles sobre las donaciones de semen. Aunque tiene que ser un momento jodido, saber que esa eyaculación va a ser tu última con carga suficiente como para tener un hijo, o cuatro como pretende una que yo me sé, es una gran responsabilidad. Meter todas tus esperanzas de traer un perico más a este mundo en un bote de plástico. Creo que necesito rezar con un poco más de fuerza. Dios es perico. Tamudo es perico. El silogismo ya sabemos todos cómo acaba.

martes, 26 de junio de 2007

26 de Junio de 2007

Tengo el pleno convencimiento de que mi corazón está fuerte como un tronco. De lo contrario ya me habría explotado, porque dudo que se pueda aguantar este ritmo infernal de sístole y diástole sin que estalle tarde o temprano. Por fin, mañana ya entraré en el quirófano y la cosa empezará a rodar. Mi estado de alteración está en su punto álgido y necesito empezar a ver cómo va todo. Que me empiecen a hacer cosas. Que el tratamiento arranque y mis dudas se disipen de una vez. A ver si así mi corazón ralentiza un poco el bombeo terrorífico que va a destrozarme el pecho si no se calma.
Estoy en un punto que ya no sé si soy pesimista u optimista. Un punto de vacío mental que no deja lugar a pensar en nada. Posiblemente sea porque ya le he dado demasiadas vueltas a la testa estas dos semanas. He cubierto el cupo de pensamientos. Ahora sólo me quedan nervios. De esos creo que el cupo es más alto. O que me han dejado doblar el cuentakilómetros. Cualquiera sabe como funciona. El caso es que ya no me quedan ni uñas que morder, ni pensamientos para calentarme la cabeza. Necesito con urgencia un poco de movimiento. Necesito acción. Y la acción ahora mismo pasa por la mesa de operaciones. Que me quiten el ganglio de una vez y empiecen a darme quimioterapia.
Qué cierto es eso de que el tiempo pasa más lento cuando más ganas tienes de que pase. Y viceversa. Si lo estás pasando genial y darías lo que fuera por detener el paso del reloj, éste parece acelerar como Valentino Rossi en la recta de meta. Si por el contrario, te encuentras en la otra situación, como es mi caso, y necesitas que las manecillas giren como locas, las muy putas echan el ancla y se paran en mitad del mar, dejando que te ahogues en tu grito de desesperación.
Yo estoy ansioso. Quizá me quedo corto. Estoy tan ansioso que una convención de ansiosos me parecería una reunión de monjas de clausura con voto de silencio. Supongo que también contribuye el hecho de que no pego ojo por las noches. Es imposible conciliar el sueño. Se pone el sol y mis párpados parecen abrirse más de lo que sería aconsejable, y no hay manera de conseguir cerrarlos. Es agobiante. El insomnio es enloquecedor. Siempre he sido malo para dormir, pero llevo unas semanas que enganchar dos o tres horas de sueño continuado es una quimera. Más bien un ejercicio de ciencia-ficción. Se me va a poner cara de treki.
El insomnio me preocupa, pero tampoco en exceso. Es otro de esos elementos que entra dentro de la lógica de lo que me está tocando vivir. Es entendible que al estar dándole vueltas a la enfermedad durante casi todo el día, me encuentre intranquilo y la capacidad para dormir se vea alterada. Por suerte, no necesito dormir mucho para funcionar con un mínimo de credibilidad. Y como tampoco se puede decir que esté castigándome físicamente en exceso, con las cuatro o cinco horas al día que logro juntar los párpados y poner mis pupilas en REM, ya me doy por satisfecho. Podría ser mejor, es evidente. Pero también podría haber ganado el Espanyol la UEFA y no vamos a lamentarnos a todas horas.

25 de Junio de 2007

Ayer fue el día que nunca existió. Me lo pasé entero durmiendo, en plena recuperación por la verbena de San Juan. Quizá haya sido mi última juerga del año. No sé cómo me afectará el tratamiento y por tanto no tengo ni idea de si podré trasnochar, o si mientras dure el proceso tendré que llevar una vida más estática y relajada. Por si acaso, yo ya me pongo en lo peor y me he hecho a la idea de que lo que resta de año será de poca actividad. Así si la cosa luego no resulta tan nefasta me llevaré una alegría.
Tampoco es que me obsesione el hecho de tener que cuidarme más a partir de ahora, pero en cierto modo es un pensamiento que me ronda. ¿Cómo cambiará mi cuerpo a causa del tratamiento? Evidentemente no tengo ni la menor idea. Por tanto, lo siguiente sería olvidarse de esa pregunta, ya que jugar a pitoniso en esta situación es bastante inútil. Igual de inútil que la mayoría de pensamientos que se me amontonan en la mente sin cesar, pero es que me resulta igual de imposible tratar de obviarlos. Eso si que es inútil, porque no lo consigo. Es imposible no pensar qué me pasará, cómo estaré o si lo superaré. Pero como me suelo repetir para no atormentarme demasiado: es lo normal en estos casos.
Esa podría ser la frase con la que intentar resumir mi táctica para no alterarme en exceso. Hacerme a la idea de que mi actitud es la habitual en estos casos. Los nervios y la intranquilidad son lógicos. No me ayuda a estar menos nervioso, es más, sigo igual de intranquilo, e incluso cada día más, pero por lo menos no me hace sentirme peor. Es que tampoco veo otra actitud, me estoy jugando la vida, así que es imposible no estar acojonado, y aunque tenga la creencia y la esperanza de que todo saldrá bien, estar tan pancho sería más característico de un yonki totalmente pasado de heroína al que nada le importa lo más mínimo, que de una persona con algo de cabeza. Y yo desde luego que no formo parte del primer grupo.
Se acerca el día de la operación y mis pulsaciones por minuto se empiezan a disparar. Y más que se dispararán en las próximas treinta o cuarenta horas. Creo que mañana estaré subiéndome por las paredes, pero mejor no adelantarme a los hechos. Cuando llegue el momento de máximo cague, ya veremos cómo controlaré los nervios. Y suerte que hoy estoy más cabreado que nervioso, ya que al final empatamos el último partido de la liga y no la ganamos. Fue un espectáculo dantesco el que se vio en el terreno de juego, como dirían Faemino y Cansado. Así tengo algo más que ocupa mi cabeza. Aunque sea para cabrearme por culpa de mis compañeros de equipo.

lunes, 25 de junio de 2007

23 de Junio de 2007

Llanto. Lágrimas sin parar. Como si se hubiera desbordado el Ebro y todo su caudal hubiera ido a parar a mis ojos. Hoy estoy de bajón. Supongo que es normal. Ya queda menos para que todo empiece, y cada vez estoy más intranquilo, con más miedo y dudando de si quiero que pase el tiempo rápido o se detenga. Es una sensación tan absurda e incomprensible que me altero nada más que de pensar en ello. El tiempo seguirá su curso y los segundos serán segundos, y los minutos serán minutos, quiera yo que pasen rápido o lento, eso es indiferente. Las medidas de tiempo ya están inventadas desde hace siglos y yo no voy a descubrir ninguna nueva ni a revisar las ya existentes. Por tanto, es inútil que me plantee algo referente al tiempo. Pero igualmente, me lo planteo.
Quiero que todo pase cuanto antes. Que cierre los ojos y ya me hayan operado cuando los abra. Que los cierre de nuevo y en la siguiente apertura ya me hayan hecho la quimioterapia y ya sea Navidad y me hagan regalos, y estemos en la cena familiar, y todos nos riamos y lo mío sólo sea algo más que olvidar. O recordar con una sonrisa en los labios. Y que todo haya pasado.
Pero también pienso que será duro. Que la cosa no irá rápida y que seis meses son muchos meses. Que será costoso, doloroso y lleno de sufrimiento. No me encontraré bien durante ese tiempo, eso lo tengo asumido, pero aunque sea consciente, sigo teniendo algo en la barriga que me remueve las tripas, que me dice que estoy cagado de miedo. Son los nervios. ¿Y quién no los tendría en una situación así? Supongo que nadie, pero eso no me alivia. Los nervios siguen ahí. Y yo sigo cagado de miedo, aunque sea consciente de que es lo más normal del mundo estarlo. Y pienso que ojala no llegue el día 27, que el tiempo se pare, aunque sea en el 26 por la noche. Al fin y al cabo, yo me encuentro bien. Esta tarde iré a jugar a fútbol y ganaremos la liga. Los enfermos no hacen deporte. Pero yo sí.
Mi llanto incontrolable no sólo viene por los nervios. Es porque me he puesto a pensar sobre la muerte. No como algo abstracto, sino en el aspecto físico. Lo que se da cuando un cuerpo deja de tener vida y la personalidad que hay dentro deja de existir. Y de ahí mis lágrimas. Porque filosofar sobre la muerte es fácil, pero pensar que quizá viene a por ti es diferente. Ya no lo ves como lo que sucede a la gente mayor, cuando ya han vivido de todo, estando tú en una posición de lejanía evidente, ya que la edad es el indicador que nos sitúa en la carrera que es la vida, donde la meta es el fin de la misma. No me quiero poner en plan literato, ni hablar de la muerte en términos intangibles. Nada de eso, porque precisamente mi llorera ha venido hoy por ver la muerte como demasiado real. Demasiado cercana. Y si ya estaba asustado, hoy lo estoy mucho más.
Tanto mi novia, como mis padres y mi hermano, las personas más importantes en mi vida, me dicen que esté tranquilo, que seguro que todo irá bien y que casi todo el mundo se cura del linfoma de Hodking. Me encanta eso de casi todo el mundo. Si se curara todo el mundo sería perfecto. Todo el mundo se cura de un resfriado y nadie muere, así que cuando pillo un resfriado no me alarmo porque sé que es curable. El pequeño matiz del casi, significa que hay algunos enfermos que no superan el Hodking. Puto Hodking. Casi todos se salvan, pero unos pocos, los que obligan a colocar ese casi en la frase, no tienen tanta suerte. Es evidente que sería mucha casualidad que encima de tocarme a mí esta cruz, además sea yo de los pocos infelices que no se curan. Ya sería tocarme la china dos veces seguidas, pero puede ser. La suerte nunca sabes si te va a sonreír o te va a hacer la gran putada. Y si te la hace una vez, como ya me la ha hecho, por qué no me la va a hacer otra. Pero todos me siguen diciendo que sea optimista, que casi nadie no lo supera. Maldito casi. Me obsesiona ese casi. Espero no ser de esa pobre minoría. Aunque yo soy muy dado a alinearme con ellas. No me gusta compartir la opinión mayoritaria. Pero eso es otro tema que ahora no me preocupa lo más mínimo. Lo que me apura, y bastante, es el tema del casi. No quiero formar parte de los que dan razón de ser al casi. Quiero que desaparezca el casi y que todos los que se enfrenten al Hodking se curen. Que la única muerte sea la del casi.

22 de Junio de 2007

Hoy he estado todo el día absolutamente solo en casa. Como un ermitaño. Recluido y consagrado a la contemplación de las musarañas. Una especie de monje de ciudad, rodeado de ruido, coches, polución, tele e internet. Bonito aislamiento. Pero hoy me he abstraído de todo. Por difícil que parezca me he alejado de todo y he permanecido yo a solas conmigo mismo. Preguntándome cosas. Observándome. Analizando mis propios movimientos. Y la conclusión no ha sido buena. Estoy jodido. Mucho. Y aunque me esfuerce por hacer que parezca que no, estoy cagado de miedo. No puedo negármelo.
La sensación de que la cosa no va conmigo, bastante presente desde el día 14, día que seguro que no olvidaré en mi vida, se empieza a diluir. Lo que veía tan lejano, como si no fuera real, como si le estuviera sucediendo al personaje de una novela, ya no está tan lejano en el tiempo y ya lo empiezo a notar como algo mío. Ya se acerca. Y lo noto. En mi miedo, que aumenta, en mis horas de sueño, que descienden.
Yo sigo encontrándome fresco como una lechuga y sin ninguno de los síntomas de la enfermedad, pero soy consciente de que la tengo y de que voy a empezar un tratamiento largo y duro. Ahora soy un poco más consciente que hace unos días. Esta última semana ha pasado casi como si fueran unas vacaciones, sin nada que hacer, sin obligaciones, sin trabajo, y todos pendientes de mí. Pero hoy, quizá ha sido un proceso diario pero que se ha manifestado hoy, me he dado cuenta de que esto no es ninguna broma y de que se me viene encima algo gordo. Las voy a pasar putas. Y tengo que hacerme fuerte.
En los últimos tres meses he rezado más que en toda mi vida anterior. He hablado con Dios en todas sus vertientes y de todas las formas posibles. Le he tuteado, le he llamado de usted, le he tratado como a un colega o como al Santo Padre. He recuperado las oraciones de la época de la catequesis. Le he dicho a mi madre que ponga velas. Pero no dieron resultado. O lo dieron, pero no el esperado. Yo no pedía que la enfermedad fuera la menos peligrosa o la que mayor índice de curación tuviera, lo que yo pedía era no tener ninguna enfermedad. Algo debí hacer mal. O mis plegarias llegaron con interferencias. Igualmente, sigo rezando, no con tanta fuerza como antes de la noticia, pero no pierdo la fe. En Dios y en mí. Y en la vida. En toda la que me queda por vivir. Joder, cuando escribo cosas como estas hasta me animo yo solo. Mi terapia da resultado.

21 de Junio de 2007

No me lo creo. Todavía no me lo creo. No consigo creerme que sea tan malo lo que tengo y que yo me encuentre tan bien, a pesar de todo. No me creo que el tratamiento vaya a durar medio año de quimioterapia. No me creo que vaya a tener que desperdiciar lo que queda de año, y que por lo menos hasta Navidad no vuelva a ser el mismo. Estoy como si no fuera más que una novela que leo, y el personaje que sufre la enfermedad sea tan irreal como la propia enfermedad. Luego vuelvo a mirarme el pecho, y los bultos rojos que sobresalen me sueltan una bofetada tan sonora como cruel, para señalarme como el personaje desdichado de este drama. Aunque esperemos que con final feliz.
Hoy me cuesta escribir, porque no lo haría como la persona que dentro de una semana será operada y empezará una larga travesía por el desierto de la quimioterapia. Hoy escribiría como un joven sano, que pasado mañana espera jugar un partido de fútbol con su equipo y ganar la liga después de muchos años sin lograrlo. Un enfermo no podría hacerlo. Pero yo estoy bien y por eso jugaré. Aunque tengo asumido que será mi último partido del año. Supongo que cuando empiece con el tratamiento, las fuerzas andarán justitas y no estaré para muchos trotes. Pensar este tipo de cosas me entristece.
He estado la playa y me he puesto como una gamba. Es gracioso, y si te detienes a pensarlo hasta sorprendente, cómo el cuerpo humano cambia de color igual que un camaleón. Nos asombra y fascina la capacidad de ese bicho, pero nosotros somos igual, aunque seamos bípedos, midamos metro y medio más y tengamos la capacidad de matarnos unos a otros por dinero o poder. No somos tan distintos a los animales como nos creemos. Vivimos y morimos. La mayoría no llegan ni a disfrutar sus vidas. Quizá los animales si lo logren, sin tantas aspiraciones como las personas. Creo que el linfoma de Hodking va a despertar mi lado más filosófico. Aunque también lo podríamos llamar el más vivo. Las ganas de vivir y de darme cuenta que la vida no es eterna.
Esto me lleva a pensar en otro asunto: la inmortalidad. No sé si es por mi afán creativo o por ganas de hacerme notar, pero creo que desde bien pequeñito he tenido claro que quería dejar mi sello en el mundo. Quiero que mi huella quede cuando yo ya no esté. Quiero que algo mío sea inmortal, ya que yo no lo soy. Y por si no era consciente de ello, ahora sí que me he dado cuenta de que tu no inmortalidad se puede presentar cuando menos te lo esperas. Por eso creo que necesito dejar un legado. Algo que se pueda mostrar cuando mi nombre ya sólo sea un recuerdo. Cuando el viento traiga el murmullo de mis apellidos hasta los oídos de algún descendiente con curiosidades genealógicas y decida rescatarme. Quiero que tengan algo mío.
Es posible que este diario sea un intento de inmortalizarme, de dejar constancia de mis vivencias e impresiones. Lo empecé a escribir como una terapia que me impuse para relajarme y dejar que mis inquietudes y vida interna se liberaran, pero empiezo a pensar que puede que sea algo más que una mera forma de soltar tensión a base de escribir pensamientos. No soy un gran literato, ni pretendo serlo, pero creo que aunque este diario no sea merecedor del Nobel de literatura, algún día puede que el que lo lea, esto va por ti, amigo o familiar, que ahora lees esto, puede que algún día en el futuro, puedas conocerme un poco más y pensar que este hombre hizo, pensó o vivió cosas que quedarán para la historia, para el recuerdo. Y no se perderá, porque está escrito aquí. Y ahora tú me resucitas.
No seré inmortal como la música de Bach, o la poesía de Goethe, pero dejaré en el mundo algo más que una sórdida lápida y unos huesos rodeados de los gusanos que se habrán dado un festín con mi carne. Aunque creo que me estoy poniendo demasiado pesimista, espero que todavía me quede bastante guerra que dar en el mundo de los vivos. No tengo curiosidad todavía por saber si hay algo después o no. Podré vivir con la incógnita.

20 de Junio de 2007

Llevo seis días medio en trance. Pensando sin parar en la pésima noticia de mi enfermedad. Si nos atenemos a lo que dicen los doctores, la noticia de mala no tiene nada, al contrario, es lo menos malo que me podía haber pasado, pero vaya, que no estoy como para dar saltos de alegría. El linfoma de Hodking se cura en un 80-90% de casos, según me han comentado, por eso hay que ser optimista. En palabras de la doctora. Con lo que cuesta que ellos sean optimistas, o por lo menos que te transmitan a ti ese optimismo. Aunque lo que cuesta de verdad es ser optimista sabiendo que tienes algo realmente jodido por dentro. Sobre todo sin encontrarme mal. Al contrario, estoy como una rosa. Pero eso es indiferente, porque tarde o temprano los síntomas hubieran aparecido y entonces la enfermedad hubiera estado en una fase más adelantada y evidentemente habría sido más compleja de combatir. Por tanto doble motivo para ser optimista. Al final acabaré hasta riendo. Cuanta felicidad. Me abruma.
En estos seis días no he escrito ni una palabra. No he encontrado el momento. O las ganas. Han sido seis días extraños, de mucha actividad mental. Buscando algo que no es buscable. Con ganas de encontrar algo que sé imposible de encontrar. Pero me he entregado con ahínco al raciocinio tumbado en el sofá. Supongo que es entendible y en cierto modo hasta justificable que actúe así. Soy demasiado joven para sufrir una enfermedad de este tipo. Por lo menos esperaba llegar a los cincuenta sin problemas, y ni siquiera he conseguido superar los treinta. No sé si es un fracaso de mi anatomía, de la vida que he llevado o de los caprichos de la genética. Quizá mis padres, al ser su primer vástago, no dieran en el clavo al concebirme. Espero que mi hermano esté mejor hecho.
Hoy estoy algo más animadillo. Después de recorrer la montaña rusa que es mi ánimo durante estos seis días, seis insufribles días de darle vueltas y más vueltas al coco, he conseguido relajarme un poco. El Dragon Kahn me debe haber cansado y he decidido echar el freno. No sirve de nada, y sobre todo, no voy a solucionar nada, pensando sin parar en esto. Ni que decir tiene que es completamente imposible que me lo quite de la cabeza, pero como eso ya lo doy por causa perdida, he decidido que lo llevaré lo más dignamente posible. He llegado a la conclusión de que aunque esté haciendo cosas, o tumbado mirando al techo, no dejo de pensar en lo que me harán, en la operación y en el posterior tratamiento de quimioterapia. Por tanto, no me queda más remedio que acostumbrarme a llevar la preocupación y el miedo en las alforjas. Como si fuera un hijo tonto, siempre de mi manita. Allá donde vaya yo, vendrá él.
Una vez asumido semejante lastre para el viaje, creo que estoy preparado para iniciarlo e intentar correr como un poseso hacia la meta. O eso es al menos lo que yo me repito en mi mente, aunque no me lo crea. Dicen que la autosugestión es un método espectacular. Ya veremos si conmigo funciona.

14 de Junio de 2007

Hoy me han comunicado que los bultos que tengo en el pecho no son problema de la piel. De hecho, los bultos son lo de menos, simplemente son el reflejo de algo peor que tengo por dentro. Tengo una enfermedad llamada linfoma de Hodking. Es una enfermedad que afecta a los ganglios linfáticos y yo tengo afectados tres: en el cuello, debajo del esternón y junto al pulmón. Me he quedado de piedra cuando me lo han dicho.
Principalmente porque si no estás puesto en temas médicos todo te suena a chino. Te sueltan el nombre de lo que tú tienes y ni por casualidad te suena de nada. Preguntas al doctor y es entonces cuando te empiezas a enterar de qué es lo que realmente te ocurre. Y empiezas a darte cuenta de la gravedad del asunto. Un linfoma es un tumor. ¿Por qué no lo dicen claramente? Supongo que para no asustar más de lo que ya te asustas cuando te lo dicen, y sobre todo, de lo que te asustas cuando te das cuenta de que tienes dentro de ti un tumor. Ahora empiezo a entender por qué tantas pruebas y tan seguidas una de otra. Supongo que cuanto más tiempo pase será peor y aunque yo no tengo ningún síntoma, si se deja al amigo Hodking por ahí dentro a su libre albedrío, lo más fácil es que haga un estropicio de mucho cuidado. Por eso mejor tomar cartas en el asunto cuanto antes.
Me lo tomo un poco a broma porque casi ni me creo todavía que tenga lo que tengo. Y eso sí que no es ninguna broma. Al contrario, es bastante serio. Pero yo no presento ninguno de los síntomas típicos de la enfermedad: pérdida de peso, aparición de fiebre, sudoración alta, abatimiento general, cansancio. Me noto bien. Continúo con mi vida igual que siempre. Juego a fútbol, salgo de juerga, no duermo demasiado entre semana, pero sin embargo no me noto mal. No acuso nada de eso y físicamente sigo con mi ritmo de vida habitual.
Esto me deja muy contrariado. Me comentaron que mi caso era extraño, ya que no es frecuente diagnosticar un linfoma de Hodking a través de una biopsia de la piel, como me ha sucedido a mí, pero si a ello le juntamos la no presencia de ninguno de los síntomas, lo mío parece que sea la aguja en el pajar. Premio para el caballero. Aunque en este caso maldita la gracia del premio. Preferiría un perrito piloto en la tómbola. Pero me tengo que conformar con la extracción de un ganglio del cuello, y como complementario una bonita estancia de seis meses recibiendo quimioterapia. Qué ilusión. Sigo sin creérmelo todavía. Ya tendré tiempo de hacerlo.