No me lo creo. Todavía no me lo creo. No consigo creerme que sea tan malo lo que tengo y que yo me encuentre tan bien, a pesar de todo. No me creo que el tratamiento vaya a durar medio año de quimioterapia. No me creo que vaya a tener que desperdiciar lo que queda de año, y que por lo menos hasta Navidad no vuelva a ser el mismo. Estoy como si no fuera más que una novela que leo, y el personaje que sufre la enfermedad sea tan irreal como la propia enfermedad. Luego vuelvo a mirarme el pecho, y los bultos rojos que sobresalen me sueltan una bofetada tan sonora como cruel, para señalarme como el personaje desdichado de este drama. Aunque esperemos que con final feliz.
Hoy me cuesta escribir, porque no lo haría como la persona que dentro de una semana será operada y empezará una larga travesía por el desierto de la quimioterapia. Hoy escribiría como un joven sano, que pasado mañana espera jugar un partido de fútbol con su equipo y ganar la liga después de muchos años sin lograrlo. Un enfermo no podría hacerlo. Pero yo estoy bien y por eso jugaré. Aunque tengo asumido que será mi último partido del año. Supongo que cuando empiece con el tratamiento, las fuerzas andarán justitas y no estaré para muchos trotes. Pensar este tipo de cosas me entristece.
He estado la playa y me he puesto como una gamba. Es gracioso, y si te detienes a pensarlo hasta sorprendente, cómo el cuerpo humano cambia de color igual que un camaleón. Nos asombra y fascina la capacidad de ese bicho, pero nosotros somos igual, aunque seamos bípedos, midamos metro y medio más y tengamos la capacidad de matarnos unos a otros por dinero o poder. No somos tan distintos a los animales como nos creemos. Vivimos y morimos. La mayoría no llegan ni a disfrutar sus vidas. Quizá los animales si lo logren, sin tantas aspiraciones como las personas. Creo que el linfoma de Hodking va a despertar mi lado más filosófico. Aunque también lo podríamos llamar el más vivo. Las ganas de vivir y de darme cuenta que la vida no es eterna.
Esto me lleva a pensar en otro asunto: la inmortalidad. No sé si es por mi afán creativo o por ganas de hacerme notar, pero creo que desde bien pequeñito he tenido claro que quería dejar mi sello en el mundo. Quiero que mi huella quede cuando yo ya no esté. Quiero que algo mío sea inmortal, ya que yo no lo soy. Y por si no era consciente de ello, ahora sí que me he dado cuenta de que tu no inmortalidad se puede presentar cuando menos te lo esperas. Por eso creo que necesito dejar un legado. Algo que se pueda mostrar cuando mi nombre ya sólo sea un recuerdo. Cuando el viento traiga el murmullo de mis apellidos hasta los oídos de algún descendiente con curiosidades genealógicas y decida rescatarme. Quiero que tengan algo mío.
Es posible que este diario sea un intento de inmortalizarme, de dejar constancia de mis vivencias e impresiones. Lo empecé a escribir como una terapia que me impuse para relajarme y dejar que mis inquietudes y vida interna se liberaran, pero empiezo a pensar que puede que sea algo más que una mera forma de soltar tensión a base de escribir pensamientos. No soy un gran literato, ni pretendo serlo, pero creo que aunque este diario no sea merecedor del Nobel de literatura, algún día puede que el que lo lea, esto va por ti, amigo o familiar, que ahora lees esto, puede que algún día en el futuro, puedas conocerme un poco más y pensar que este hombre hizo, pensó o vivió cosas que quedarán para la historia, para el recuerdo. Y no se perderá, porque está escrito aquí. Y ahora tú me resucitas.
No seré inmortal como la música de Bach, o la poesía de Goethe, pero dejaré en el mundo algo más que una sórdida lápida y unos huesos rodeados de los gusanos que se habrán dado un festín con mi carne. Aunque creo que me estoy poniendo demasiado pesimista, espero que todavía me quede bastante guerra que dar en el mundo de los vivos. No tengo curiosidad todavía por saber si hay algo después o no. Podré vivir con la incógnita.
Hoy me cuesta escribir, porque no lo haría como la persona que dentro de una semana será operada y empezará una larga travesía por el desierto de la quimioterapia. Hoy escribiría como un joven sano, que pasado mañana espera jugar un partido de fútbol con su equipo y ganar la liga después de muchos años sin lograrlo. Un enfermo no podría hacerlo. Pero yo estoy bien y por eso jugaré. Aunque tengo asumido que será mi último partido del año. Supongo que cuando empiece con el tratamiento, las fuerzas andarán justitas y no estaré para muchos trotes. Pensar este tipo de cosas me entristece.
He estado la playa y me he puesto como una gamba. Es gracioso, y si te detienes a pensarlo hasta sorprendente, cómo el cuerpo humano cambia de color igual que un camaleón. Nos asombra y fascina la capacidad de ese bicho, pero nosotros somos igual, aunque seamos bípedos, midamos metro y medio más y tengamos la capacidad de matarnos unos a otros por dinero o poder. No somos tan distintos a los animales como nos creemos. Vivimos y morimos. La mayoría no llegan ni a disfrutar sus vidas. Quizá los animales si lo logren, sin tantas aspiraciones como las personas. Creo que el linfoma de Hodking va a despertar mi lado más filosófico. Aunque también lo podríamos llamar el más vivo. Las ganas de vivir y de darme cuenta que la vida no es eterna.
Esto me lleva a pensar en otro asunto: la inmortalidad. No sé si es por mi afán creativo o por ganas de hacerme notar, pero creo que desde bien pequeñito he tenido claro que quería dejar mi sello en el mundo. Quiero que mi huella quede cuando yo ya no esté. Quiero que algo mío sea inmortal, ya que yo no lo soy. Y por si no era consciente de ello, ahora sí que me he dado cuenta de que tu no inmortalidad se puede presentar cuando menos te lo esperas. Por eso creo que necesito dejar un legado. Algo que se pueda mostrar cuando mi nombre ya sólo sea un recuerdo. Cuando el viento traiga el murmullo de mis apellidos hasta los oídos de algún descendiente con curiosidades genealógicas y decida rescatarme. Quiero que tengan algo mío.
Es posible que este diario sea un intento de inmortalizarme, de dejar constancia de mis vivencias e impresiones. Lo empecé a escribir como una terapia que me impuse para relajarme y dejar que mis inquietudes y vida interna se liberaran, pero empiezo a pensar que puede que sea algo más que una mera forma de soltar tensión a base de escribir pensamientos. No soy un gran literato, ni pretendo serlo, pero creo que aunque este diario no sea merecedor del Nobel de literatura, algún día puede que el que lo lea, esto va por ti, amigo o familiar, que ahora lees esto, puede que algún día en el futuro, puedas conocerme un poco más y pensar que este hombre hizo, pensó o vivió cosas que quedarán para la historia, para el recuerdo. Y no se perderá, porque está escrito aquí. Y ahora tú me resucitas.
No seré inmortal como la música de Bach, o la poesía de Goethe, pero dejaré en el mundo algo más que una sórdida lápida y unos huesos rodeados de los gusanos que se habrán dado un festín con mi carne. Aunque creo que me estoy poniendo demasiado pesimista, espero que todavía me quede bastante guerra que dar en el mundo de los vivos. No tengo curiosidad todavía por saber si hay algo después o no. Podré vivir con la incógnita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario