Llevo seis días medio en trance. Pensando sin parar en la pésima noticia de mi enfermedad. Si nos atenemos a lo que dicen los doctores, la noticia de mala no tiene nada, al contrario, es lo menos malo que me podía haber pasado, pero vaya, que no estoy como para dar saltos de alegría. El linfoma de Hodking se cura en un 80-90% de casos, según me han comentado, por eso hay que ser optimista. En palabras de la doctora. Con lo que cuesta que ellos sean optimistas, o por lo menos que te transmitan a ti ese optimismo. Aunque lo que cuesta de verdad es ser optimista sabiendo que tienes algo realmente jodido por dentro. Sobre todo sin encontrarme mal. Al contrario, estoy como una rosa. Pero eso es indiferente, porque tarde o temprano los síntomas hubieran aparecido y entonces la enfermedad hubiera estado en una fase más adelantada y evidentemente habría sido más compleja de combatir. Por tanto doble motivo para ser optimista. Al final acabaré hasta riendo. Cuanta felicidad. Me abruma.
En estos seis días no he escrito ni una palabra. No he encontrado el momento. O las ganas. Han sido seis días extraños, de mucha actividad mental. Buscando algo que no es buscable. Con ganas de encontrar algo que sé imposible de encontrar. Pero me he entregado con ahínco al raciocinio tumbado en el sofá. Supongo que es entendible y en cierto modo hasta justificable que actúe así. Soy demasiado joven para sufrir una enfermedad de este tipo. Por lo menos esperaba llegar a los cincuenta sin problemas, y ni siquiera he conseguido superar los treinta. No sé si es un fracaso de mi anatomía, de la vida que he llevado o de los caprichos de la genética. Quizá mis padres, al ser su primer vástago, no dieran en el clavo al concebirme. Espero que mi hermano esté mejor hecho.
Hoy estoy algo más animadillo. Después de recorrer la montaña rusa que es mi ánimo durante estos seis días, seis insufribles días de darle vueltas y más vueltas al coco, he conseguido relajarme un poco. El Dragon Kahn me debe haber cansado y he decidido echar el freno. No sirve de nada, y sobre todo, no voy a solucionar nada, pensando sin parar en esto. Ni que decir tiene que es completamente imposible que me lo quite de la cabeza, pero como eso ya lo doy por causa perdida, he decidido que lo llevaré lo más dignamente posible. He llegado a la conclusión de que aunque esté haciendo cosas, o tumbado mirando al techo, no dejo de pensar en lo que me harán, en la operación y en el posterior tratamiento de quimioterapia. Por tanto, no me queda más remedio que acostumbrarme a llevar la preocupación y el miedo en las alforjas. Como si fuera un hijo tonto, siempre de mi manita. Allá donde vaya yo, vendrá él.
Una vez asumido semejante lastre para el viaje, creo que estoy preparado para iniciarlo e intentar correr como un poseso hacia la meta. O eso es al menos lo que yo me repito en mi mente, aunque no me lo crea. Dicen que la autosugestión es un método espectacular. Ya veremos si conmigo funciona.
En estos seis días no he escrito ni una palabra. No he encontrado el momento. O las ganas. Han sido seis días extraños, de mucha actividad mental. Buscando algo que no es buscable. Con ganas de encontrar algo que sé imposible de encontrar. Pero me he entregado con ahínco al raciocinio tumbado en el sofá. Supongo que es entendible y en cierto modo hasta justificable que actúe así. Soy demasiado joven para sufrir una enfermedad de este tipo. Por lo menos esperaba llegar a los cincuenta sin problemas, y ni siquiera he conseguido superar los treinta. No sé si es un fracaso de mi anatomía, de la vida que he llevado o de los caprichos de la genética. Quizá mis padres, al ser su primer vástago, no dieran en el clavo al concebirme. Espero que mi hermano esté mejor hecho.
Hoy estoy algo más animadillo. Después de recorrer la montaña rusa que es mi ánimo durante estos seis días, seis insufribles días de darle vueltas y más vueltas al coco, he conseguido relajarme un poco. El Dragon Kahn me debe haber cansado y he decidido echar el freno. No sirve de nada, y sobre todo, no voy a solucionar nada, pensando sin parar en esto. Ni que decir tiene que es completamente imposible que me lo quite de la cabeza, pero como eso ya lo doy por causa perdida, he decidido que lo llevaré lo más dignamente posible. He llegado a la conclusión de que aunque esté haciendo cosas, o tumbado mirando al techo, no dejo de pensar en lo que me harán, en la operación y en el posterior tratamiento de quimioterapia. Por tanto, no me queda más remedio que acostumbrarme a llevar la preocupación y el miedo en las alforjas. Como si fuera un hijo tonto, siempre de mi manita. Allá donde vaya yo, vendrá él.
Una vez asumido semejante lastre para el viaje, creo que estoy preparado para iniciarlo e intentar correr como un poseso hacia la meta. O eso es al menos lo que yo me repito en mi mente, aunque no me lo crea. Dicen que la autosugestión es un método espectacular. Ya veremos si conmigo funciona.
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