jueves, 8 de noviembre de 2007

8 de Noviembre 2007

Y al séptimo día el señor vomitó. ¿O era descansó? Bueno, en mi caso como yo no soy un Dios, aunque sé que muchos de vosotros cuando me veis con la pelota en los pies lo creeis (Alberto no te enfades), pues no me tocó descansar cuando llegó el séptimo día. Me tocó vomitar. Por dos veces.
No fue como había imaginado, ya que pensaba que dejaría la firma del zorro sobre las racholas del hospital, pero la enfermera estuvo rápida y me facilitó una palangana muy util, sobre la que descargué con furia el bocata de salchichón que me acababa de meter entre pecho y espalda. Pero qué sensación màs mala. Si las dos últimas sesiones ya las había pasado bastante putas, la del martes pasado se llevó la palma.
Iba tan nervioso y casi con la seguridad de que la potada era una realidad más que una posibilidad, que cuando entré allí, antes de que me pincharan, me entró un yuyu y me subió un irrefrenable impulso desde lo más hondo del estómago, que me hizo salir por piernas en dirección al lavabo. Por suerte no había nadie dentro porque si no hubiera tenido que echar la puerta abajo. Aunque a la hora de la verdad todo fue una falsa alarma. Sólo fue la impresión y los nervios. Volví a mi sillón de tortura y presté mis brazos para que la medicina los hiciera añicos.
Lo siguiente no hace falta ni que lo explique. Después de la primera hora más o menos llevadera, entre sueños e incomodidades, llegó la penúltima bolsa de medicina. Allí todo tomó otra dimensión y mi primera expulsión vía oral fue un hecho. Me repuse como pude y cuando ya estaba a punto de terminar la última bolsa, volvió a suceder. Es que es criminal la última bolsa de medicina. La de color naranja. Esa simboliza pota en estado puro. Y así fue.
Prefiero no seguir recordando este amargo momento porque la bilis se mezcla en estos instantes con mi aliento y paso de rememorar malos tragos. Además, por lo visto no me pincharon bien y hoy sí que puedo decir que hicieron una carnicería con mis pobres bracitos. Tengo las venas de los dos brazos reventadas y apenas puedo doblarlos. Según la enfermera que tengo en casa esto se llama flemitis o algo así (hablo de memoria) y me ha provocado incluso algo de fiebre. Por eso supongo que estoy bastante atontaillo estos días. O por lo menos más de lo normal. Ni siquiera he ido a la universidad desde hace tres días. Con lo que eso supone para este periodista entusiasmado que se lo pasa en grande en la mayoría de clases. ¡Quién me iba a decir a mí hace quince años que iba a disfrutar en una clase!