Hoy me han comunicado que los bultos que tengo en el pecho no son problema de la piel. De hecho, los bultos son lo de menos, simplemente son el reflejo de algo peor que tengo por dentro. Tengo una enfermedad llamada linfoma de Hodking. Es una enfermedad que afecta a los ganglios linfáticos y yo tengo afectados tres: en el cuello, debajo del esternón y junto al pulmón. Me he quedado de piedra cuando me lo han dicho.
Principalmente porque si no estás puesto en temas médicos todo te suena a chino. Te sueltan el nombre de lo que tú tienes y ni por casualidad te suena de nada. Preguntas al doctor y es entonces cuando te empiezas a enterar de qué es lo que realmente te ocurre. Y empiezas a darte cuenta de la gravedad del asunto. Un linfoma es un tumor. ¿Por qué no lo dicen claramente? Supongo que para no asustar más de lo que ya te asustas cuando te lo dicen, y sobre todo, de lo que te asustas cuando te das cuenta de que tienes dentro de ti un tumor. Ahora empiezo a entender por qué tantas pruebas y tan seguidas una de otra. Supongo que cuanto más tiempo pase será peor y aunque yo no tengo ningún síntoma, si se deja al amigo Hodking por ahí dentro a su libre albedrío, lo más fácil es que haga un estropicio de mucho cuidado. Por eso mejor tomar cartas en el asunto cuanto antes.
Me lo tomo un poco a broma porque casi ni me creo todavía que tenga lo que tengo. Y eso sí que no es ninguna broma. Al contrario, es bastante serio. Pero yo no presento ninguno de los síntomas típicos de la enfermedad: pérdida de peso, aparición de fiebre, sudoración alta, abatimiento general, cansancio. Me noto bien. Continúo con mi vida igual que siempre. Juego a fútbol, salgo de juerga, no duermo demasiado entre semana, pero sin embargo no me noto mal. No acuso nada de eso y físicamente sigo con mi ritmo de vida habitual.
Esto me deja muy contrariado. Me comentaron que mi caso era extraño, ya que no es frecuente diagnosticar un linfoma de Hodking a través de una biopsia de la piel, como me ha sucedido a mí, pero si a ello le juntamos la no presencia de ninguno de los síntomas, lo mío parece que sea la aguja en el pajar. Premio para el caballero. Aunque en este caso maldita la gracia del premio. Preferiría un perrito piloto en la tómbola. Pero me tengo que conformar con la extracción de un ganglio del cuello, y como complementario una bonita estancia de seis meses recibiendo quimioterapia. Qué ilusión. Sigo sin creérmelo todavía. Ya tendré tiempo de hacerlo.
Principalmente porque si no estás puesto en temas médicos todo te suena a chino. Te sueltan el nombre de lo que tú tienes y ni por casualidad te suena de nada. Preguntas al doctor y es entonces cuando te empiezas a enterar de qué es lo que realmente te ocurre. Y empiezas a darte cuenta de la gravedad del asunto. Un linfoma es un tumor. ¿Por qué no lo dicen claramente? Supongo que para no asustar más de lo que ya te asustas cuando te lo dicen, y sobre todo, de lo que te asustas cuando te das cuenta de que tienes dentro de ti un tumor. Ahora empiezo a entender por qué tantas pruebas y tan seguidas una de otra. Supongo que cuanto más tiempo pase será peor y aunque yo no tengo ningún síntoma, si se deja al amigo Hodking por ahí dentro a su libre albedrío, lo más fácil es que haga un estropicio de mucho cuidado. Por eso mejor tomar cartas en el asunto cuanto antes.
Me lo tomo un poco a broma porque casi ni me creo todavía que tenga lo que tengo. Y eso sí que no es ninguna broma. Al contrario, es bastante serio. Pero yo no presento ninguno de los síntomas típicos de la enfermedad: pérdida de peso, aparición de fiebre, sudoración alta, abatimiento general, cansancio. Me noto bien. Continúo con mi vida igual que siempre. Juego a fútbol, salgo de juerga, no duermo demasiado entre semana, pero sin embargo no me noto mal. No acuso nada de eso y físicamente sigo con mi ritmo de vida habitual.
Esto me deja muy contrariado. Me comentaron que mi caso era extraño, ya que no es frecuente diagnosticar un linfoma de Hodking a través de una biopsia de la piel, como me ha sucedido a mí, pero si a ello le juntamos la no presencia de ninguno de los síntomas, lo mío parece que sea la aguja en el pajar. Premio para el caballero. Aunque en este caso maldita la gracia del premio. Preferiría un perrito piloto en la tómbola. Pero me tengo que conformar con la extracción de un ganglio del cuello, y como complementario una bonita estancia de seis meses recibiendo quimioterapia. Qué ilusión. Sigo sin creérmelo todavía. Ya tendré tiempo de hacerlo.
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