lunes, 25 de junio de 2007

22 de Junio de 2007

Hoy he estado todo el día absolutamente solo en casa. Como un ermitaño. Recluido y consagrado a la contemplación de las musarañas. Una especie de monje de ciudad, rodeado de ruido, coches, polución, tele e internet. Bonito aislamiento. Pero hoy me he abstraído de todo. Por difícil que parezca me he alejado de todo y he permanecido yo a solas conmigo mismo. Preguntándome cosas. Observándome. Analizando mis propios movimientos. Y la conclusión no ha sido buena. Estoy jodido. Mucho. Y aunque me esfuerce por hacer que parezca que no, estoy cagado de miedo. No puedo negármelo.
La sensación de que la cosa no va conmigo, bastante presente desde el día 14, día que seguro que no olvidaré en mi vida, se empieza a diluir. Lo que veía tan lejano, como si no fuera real, como si le estuviera sucediendo al personaje de una novela, ya no está tan lejano en el tiempo y ya lo empiezo a notar como algo mío. Ya se acerca. Y lo noto. En mi miedo, que aumenta, en mis horas de sueño, que descienden.
Yo sigo encontrándome fresco como una lechuga y sin ninguno de los síntomas de la enfermedad, pero soy consciente de que la tengo y de que voy a empezar un tratamiento largo y duro. Ahora soy un poco más consciente que hace unos días. Esta última semana ha pasado casi como si fueran unas vacaciones, sin nada que hacer, sin obligaciones, sin trabajo, y todos pendientes de mí. Pero hoy, quizá ha sido un proceso diario pero que se ha manifestado hoy, me he dado cuenta de que esto no es ninguna broma y de que se me viene encima algo gordo. Las voy a pasar putas. Y tengo que hacerme fuerte.
En los últimos tres meses he rezado más que en toda mi vida anterior. He hablado con Dios en todas sus vertientes y de todas las formas posibles. Le he tuteado, le he llamado de usted, le he tratado como a un colega o como al Santo Padre. He recuperado las oraciones de la época de la catequesis. Le he dicho a mi madre que ponga velas. Pero no dieron resultado. O lo dieron, pero no el esperado. Yo no pedía que la enfermedad fuera la menos peligrosa o la que mayor índice de curación tuviera, lo que yo pedía era no tener ninguna enfermedad. Algo debí hacer mal. O mis plegarias llegaron con interferencias. Igualmente, sigo rezando, no con tanta fuerza como antes de la noticia, pero no pierdo la fe. En Dios y en mí. Y en la vida. En toda la que me queda por vivir. Joder, cuando escribo cosas como estas hasta me animo yo solo. Mi terapia da resultado.

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