No hay nada peor que sentir que las cosas empeoran, sin estar seguro de ello. La incertidumbre de que algo malo puede ser más malo aún. Y eso es precisamente lo que me sucede. Ayer me dijeron que mi linfoma de Hodgkin, ese contra el que he estado escribiendo y pensando tanto ultimamente, quizá no sea un Hodgkin y sea algo peor. Literalmente me han dicho que no tienen ni idea de lo que es. Tengo algo inusual. Una enfermedad desconocida, o por lo menos que se manifiesta de forma desconocida.
Tengo clarísimo que yo no soy normal, de eso no me cabe ninguna duda después de 29 años compartiendo vida conmigo mismo, pero esto empieza a ser demasiado. Si ya me jodió el que me dijeran que tenía un linfoma, mientras mis amigos siguen yéndose de fiesta y viviendo a lo loco yo tengo que pensar en la quimioterápia, ahora ya si que mi organismo me supera a mí mismo y se destapa como capaz de descubrir nuevas maneras de deformar la salud del ser humano. Muy original. Quizá descubran la enfermedad de Marcos. Estoy ilusionadísimo. Quizá sí que pase a la historia al fin y al cabo, pero no por méritos propios escribiendo, sino por una lamentable enfermedad que según los médicos del hospital, nunca hasta el momento se había manifestado así. Tras la operación y el análisis de lo que me extrajeron, viendo lo que tenía por dentro, que en palabras del cirujano era como una especie de sábana por encima de los ganglios y debajo de la piel, nadie está capacitado para determinar si es un linfoma de Hodgkin u otro tipo.
Creía que esta semana ya me confirmarían los resultados, e incluso que empezaría la quimioterápia, pero nada de eso ha sucedido. Una vez más se retrasa todo y ahora por bastante más tiempo, presumiblemente, ya que van a enviar una parte de la muestra que me extrajeron en la operación para la biopsia, a Houston, donde por lo visto se encuentra el mayor especialista mundial en linfomas, para que lo analice y junto con los informes y las fotos que me tomaron, emita una opinión más válida que la de los médicos que me tratan. Por lo menos otras tres semanas de espera. Por lo menos. Yo ya me hago a la idea de que un mes de espera es inevitable. Aquí tengo que apuntar que el trato que estoy recibiendo a todos los niveles en el Hospital del Mar es excelente, y que agradezco la franqueza al decirme abiertamente que necesitan la opinión de alguien más experto que ellos.
Yo continúo en perfecto estado físico. No tengo ningún síntoma y ahora que la raja del cuello practicamente no me molesta y se empieza a cerrar, casi podría decir que por lo que respecta al apartado físico estoy en mi plenitud. Otro asunto es mentalmente. Ayer y hoy mi cabeza ha dado muchas más vueltas de las que había dado en estos últimos meses. Que ya es decir.
Si al final la enfermedad es más compleja de lo que pensábamos, si no es curable al 100% y todo se complica, no sé cómo lo voy a llevar. Mi estado de ánimo en estos momentos es más frágil que nunca. Mi humor, como es de suponer también. A veces me siento como si ni siquiera fuera yo. No creo haber sido nunca un descontrolado mental, al contrario, me gusta pensar que la mayoría de veces pienso las cosas y no he actuado mal a lo largo de mi vida. Pero ahora no tengo esa sensación. Supongo que son los nervios y la incertidumbre. Esa palabra puede resumir mi situación actual: incertidumbre.
Si sabes que la cosa va mal, o está complicada, pero conoces la dirección a tomar, sólo te queda la esperanza de llegar al final y de que todo haya salido bien. Tienes fe en ti mismo y en que la situación se arregle y la enfermedad desaparezca. Pero si no sabes qué está sucediendo. Si nadie tiene ni idea de cuál es el camino que debes coger. De hacia donde dirigirme en busca de la curación. De indicarme mi meta. Eso es insufrible. Es la agonía desesperante. Es un sentimiento de vulnerabilidad enorme que te hace aún más vulnerable al sabertelo tú mismo. Porque ahora soy vulnerable. Soy como un recién nacido, indefenso. Y es la incertidumbre de no saber qué me sucede.
Desconozco mi camino y aunque la mayoría del tiempo estoy muy bien rodeado por las muchas personas que me quieren, el dúo que formamos mi enfermedad y yo, normalmente ocupa demasiado como para que alguien más quepa en la misma habitación. Es lamentable, pero muchas veces es así. Aunque alguien intente entrar, hay veces que no pueden porque el aforo está completo. Lo abarrotamos mi enfermedad y yo. Y así se me complica la existencia. Se me hace más difícil convivir y se lo hago también a los que me rodean. No quiero que ellos lo pasen mal, pero acaban envueltos por las dificultades de mi convivencia. Y es por culpa mía. Podría excusarme en los nervios, pero en última instancia soy yo el causante. No quiero provocarles malestar. Tengo que aceptar todo esto con tranquilidad. Tengo que ser paciente y optimista.
El estado de ánimo es básico, me dice todo el mundo. También es básico el tiempo de cocción en los spaguetis, pero nadie habla de ello. El estado de ánimo es complicado. Lo puedes controlar, o creer que lo controlas, pero al final acaba yendo siempre por libre. Intentas controlarlo, pero es él quien te controla a ti. Intentas reír o ponerte serio según te parezca necesario, pero acaba siendo sólo fachada y tu verdadera cara te delata. Sale a la luz ella sola, aunque trates de poner una sustituta. No puedes competir contra el alma, que es quien manda y dirige. Es el medio centro. El alma decide sobre ti y como nosotros somos alma, sobre todos nosotros. Tú pones una cara pero tu alma dibuja otra. La cara que todo el mundo verá será la de tu alma. La que tú pongas se quedará en la recámara, como mucho para el making-off. Y te delatará. El alma no engaña. O el mío por lo menos no. Y aunque quiera poner una cara, o decir una gracia, o reirme, mi alma manda. Y hoy manda lágrimas por la incertidumbre que no me deja vivir.
Y por el optimismo perdido. No encuentro el optimismo ni el estado de ánimo correcto que todos me dicen que debo tener. Son dificiles de encontrar. En el mercado negro quizá haya, pero donde todos buscamos, yo no los encuentro. Quiero tenerlos, pero no consigo ninguno de ellos. Y me entristece. No sólo por la incertidumbre, sino porque ahora también empiezo a pensar que quizá las cosas no vayan tan bien como creía al principio. Bueno, serán seis meses jodidos de quimio y a correr, pensé en un primer momento. Pero puede que sea mucho más que eso. Puede que la enfermedad sea algo más complicado que el Hodgkin, que al parecer es un pardillo y fácil de derrotar. Quizá me enfrento a algo peor. Pero eso no lo sabré hasta que desde Houston nos digan que tenemos un problema. O no. Dios quiera que digan que no lo tenemos.