Ayer fue el día que nunca existió. Me lo pasé entero durmiendo, en plena recuperación por la verbena de San Juan. Quizá haya sido mi última juerga del año. No sé cómo me afectará el tratamiento y por tanto no tengo ni idea de si podré trasnochar, o si mientras dure el proceso tendré que llevar una vida más estática y relajada. Por si acaso, yo ya me pongo en lo peor y me he hecho a la idea de que lo que resta de año será de poca actividad. Así si la cosa luego no resulta tan nefasta me llevaré una alegría.
Tampoco es que me obsesione el hecho de tener que cuidarme más a partir de ahora, pero en cierto modo es un pensamiento que me ronda. ¿Cómo cambiará mi cuerpo a causa del tratamiento? Evidentemente no tengo ni la menor idea. Por tanto, lo siguiente sería olvidarse de esa pregunta, ya que jugar a pitoniso en esta situación es bastante inútil. Igual de inútil que la mayoría de pensamientos que se me amontonan en la mente sin cesar, pero es que me resulta igual de imposible tratar de obviarlos. Eso si que es inútil, porque no lo consigo. Es imposible no pensar qué me pasará, cómo estaré o si lo superaré. Pero como me suelo repetir para no atormentarme demasiado: es lo normal en estos casos.
Esa podría ser la frase con la que intentar resumir mi táctica para no alterarme en exceso. Hacerme a la idea de que mi actitud es la habitual en estos casos. Los nervios y la intranquilidad son lógicos. No me ayuda a estar menos nervioso, es más, sigo igual de intranquilo, e incluso cada día más, pero por lo menos no me hace sentirme peor. Es que tampoco veo otra actitud, me estoy jugando la vida, así que es imposible no estar acojonado, y aunque tenga la creencia y la esperanza de que todo saldrá bien, estar tan pancho sería más característico de un yonki totalmente pasado de heroína al que nada le importa lo más mínimo, que de una persona con algo de cabeza. Y yo desde luego que no formo parte del primer grupo.
Se acerca el día de la operación y mis pulsaciones por minuto se empiezan a disparar. Y más que se dispararán en las próximas treinta o cuarenta horas. Creo que mañana estaré subiéndome por las paredes, pero mejor no adelantarme a los hechos. Cuando llegue el momento de máximo cague, ya veremos cómo controlaré los nervios. Y suerte que hoy estoy más cabreado que nervioso, ya que al final empatamos el último partido de la liga y no la ganamos. Fue un espectáculo dantesco el que se vio en el terreno de juego, como dirían Faemino y Cansado. Así tengo algo más que ocupa mi cabeza. Aunque sea para cabrearme por culpa de mis compañeros de equipo.
Tampoco es que me obsesione el hecho de tener que cuidarme más a partir de ahora, pero en cierto modo es un pensamiento que me ronda. ¿Cómo cambiará mi cuerpo a causa del tratamiento? Evidentemente no tengo ni la menor idea. Por tanto, lo siguiente sería olvidarse de esa pregunta, ya que jugar a pitoniso en esta situación es bastante inútil. Igual de inútil que la mayoría de pensamientos que se me amontonan en la mente sin cesar, pero es que me resulta igual de imposible tratar de obviarlos. Eso si que es inútil, porque no lo consigo. Es imposible no pensar qué me pasará, cómo estaré o si lo superaré. Pero como me suelo repetir para no atormentarme demasiado: es lo normal en estos casos.
Esa podría ser la frase con la que intentar resumir mi táctica para no alterarme en exceso. Hacerme a la idea de que mi actitud es la habitual en estos casos. Los nervios y la intranquilidad son lógicos. No me ayuda a estar menos nervioso, es más, sigo igual de intranquilo, e incluso cada día más, pero por lo menos no me hace sentirme peor. Es que tampoco veo otra actitud, me estoy jugando la vida, así que es imposible no estar acojonado, y aunque tenga la creencia y la esperanza de que todo saldrá bien, estar tan pancho sería más característico de un yonki totalmente pasado de heroína al que nada le importa lo más mínimo, que de una persona con algo de cabeza. Y yo desde luego que no formo parte del primer grupo.
Se acerca el día de la operación y mis pulsaciones por minuto se empiezan a disparar. Y más que se dispararán en las próximas treinta o cuarenta horas. Creo que mañana estaré subiéndome por las paredes, pero mejor no adelantarme a los hechos. Cuando llegue el momento de máximo cague, ya veremos cómo controlaré los nervios. Y suerte que hoy estoy más cabreado que nervioso, ya que al final empatamos el último partido de la liga y no la ganamos. Fue un espectáculo dantesco el que se vio en el terreno de juego, como dirían Faemino y Cansado. Así tengo algo más que ocupa mi cabeza. Aunque sea para cabrearme por culpa de mis compañeros de equipo.
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