martes, 26 de junio de 2007

26 de Junio de 2007

Tengo el pleno convencimiento de que mi corazón está fuerte como un tronco. De lo contrario ya me habría explotado, porque dudo que se pueda aguantar este ritmo infernal de sístole y diástole sin que estalle tarde o temprano. Por fin, mañana ya entraré en el quirófano y la cosa empezará a rodar. Mi estado de alteración está en su punto álgido y necesito empezar a ver cómo va todo. Que me empiecen a hacer cosas. Que el tratamiento arranque y mis dudas se disipen de una vez. A ver si así mi corazón ralentiza un poco el bombeo terrorífico que va a destrozarme el pecho si no se calma.
Estoy en un punto que ya no sé si soy pesimista u optimista. Un punto de vacío mental que no deja lugar a pensar en nada. Posiblemente sea porque ya le he dado demasiadas vueltas a la testa estas dos semanas. He cubierto el cupo de pensamientos. Ahora sólo me quedan nervios. De esos creo que el cupo es más alto. O que me han dejado doblar el cuentakilómetros. Cualquiera sabe como funciona. El caso es que ya no me quedan ni uñas que morder, ni pensamientos para calentarme la cabeza. Necesito con urgencia un poco de movimiento. Necesito acción. Y la acción ahora mismo pasa por la mesa de operaciones. Que me quiten el ganglio de una vez y empiecen a darme quimioterapia.
Qué cierto es eso de que el tiempo pasa más lento cuando más ganas tienes de que pase. Y viceversa. Si lo estás pasando genial y darías lo que fuera por detener el paso del reloj, éste parece acelerar como Valentino Rossi en la recta de meta. Si por el contrario, te encuentras en la otra situación, como es mi caso, y necesitas que las manecillas giren como locas, las muy putas echan el ancla y se paran en mitad del mar, dejando que te ahogues en tu grito de desesperación.
Yo estoy ansioso. Quizá me quedo corto. Estoy tan ansioso que una convención de ansiosos me parecería una reunión de monjas de clausura con voto de silencio. Supongo que también contribuye el hecho de que no pego ojo por las noches. Es imposible conciliar el sueño. Se pone el sol y mis párpados parecen abrirse más de lo que sería aconsejable, y no hay manera de conseguir cerrarlos. Es agobiante. El insomnio es enloquecedor. Siempre he sido malo para dormir, pero llevo unas semanas que enganchar dos o tres horas de sueño continuado es una quimera. Más bien un ejercicio de ciencia-ficción. Se me va a poner cara de treki.
El insomnio me preocupa, pero tampoco en exceso. Es otro de esos elementos que entra dentro de la lógica de lo que me está tocando vivir. Es entendible que al estar dándole vueltas a la enfermedad durante casi todo el día, me encuentre intranquilo y la capacidad para dormir se vea alterada. Por suerte, no necesito dormir mucho para funcionar con un mínimo de credibilidad. Y como tampoco se puede decir que esté castigándome físicamente en exceso, con las cuatro o cinco horas al día que logro juntar los párpados y poner mis pupilas en REM, ya me doy por satisfecho. Podría ser mejor, es evidente. Pero también podría haber ganado el Espanyol la UEFA y no vamos a lamentarnos a todas horas.

25 de Junio de 2007

Ayer fue el día que nunca existió. Me lo pasé entero durmiendo, en plena recuperación por la verbena de San Juan. Quizá haya sido mi última juerga del año. No sé cómo me afectará el tratamiento y por tanto no tengo ni idea de si podré trasnochar, o si mientras dure el proceso tendré que llevar una vida más estática y relajada. Por si acaso, yo ya me pongo en lo peor y me he hecho a la idea de que lo que resta de año será de poca actividad. Así si la cosa luego no resulta tan nefasta me llevaré una alegría.
Tampoco es que me obsesione el hecho de tener que cuidarme más a partir de ahora, pero en cierto modo es un pensamiento que me ronda. ¿Cómo cambiará mi cuerpo a causa del tratamiento? Evidentemente no tengo ni la menor idea. Por tanto, lo siguiente sería olvidarse de esa pregunta, ya que jugar a pitoniso en esta situación es bastante inútil. Igual de inútil que la mayoría de pensamientos que se me amontonan en la mente sin cesar, pero es que me resulta igual de imposible tratar de obviarlos. Eso si que es inútil, porque no lo consigo. Es imposible no pensar qué me pasará, cómo estaré o si lo superaré. Pero como me suelo repetir para no atormentarme demasiado: es lo normal en estos casos.
Esa podría ser la frase con la que intentar resumir mi táctica para no alterarme en exceso. Hacerme a la idea de que mi actitud es la habitual en estos casos. Los nervios y la intranquilidad son lógicos. No me ayuda a estar menos nervioso, es más, sigo igual de intranquilo, e incluso cada día más, pero por lo menos no me hace sentirme peor. Es que tampoco veo otra actitud, me estoy jugando la vida, así que es imposible no estar acojonado, y aunque tenga la creencia y la esperanza de que todo saldrá bien, estar tan pancho sería más característico de un yonki totalmente pasado de heroína al que nada le importa lo más mínimo, que de una persona con algo de cabeza. Y yo desde luego que no formo parte del primer grupo.
Se acerca el día de la operación y mis pulsaciones por minuto se empiezan a disparar. Y más que se dispararán en las próximas treinta o cuarenta horas. Creo que mañana estaré subiéndome por las paredes, pero mejor no adelantarme a los hechos. Cuando llegue el momento de máximo cague, ya veremos cómo controlaré los nervios. Y suerte que hoy estoy más cabreado que nervioso, ya que al final empatamos el último partido de la liga y no la ganamos. Fue un espectáculo dantesco el que se vio en el terreno de juego, como dirían Faemino y Cansado. Así tengo algo más que ocupa mi cabeza. Aunque sea para cabrearme por culpa de mis compañeros de equipo.