Sólo me quedan dos días para que mi martirio me vuelva a hacer sufrir. No quiero pensar demasiado en ello. Pero pienso. Aunque las evidencias de que lo psíquico es casi tan importante como lo físico ya no admite discusión. Las arcadas que me produce el imaginarme enganchado a la máquina golpeando mis venas, es señal inequívoca de que cuando estoy bien, la cabecita es la que me hace estar no tan bien. Espero llegar a controlar mis pensamientos. Y espero que sea cuanto antes.
Puedes ser la persona con la mente más fuerte del mundo, pero te acabas viniendo abajo tarde o temprano y aunque puede que te recuperes y logres hacerte mas resistente a los bajones que te provoca todo lo que llegas a sufrir, el enfermo que pasa una quimio termina con la moral más frágil del universo. Ahora estoy jugando a universalizar mis experiencias, pero veo tan claro lo que me está sucediendo a mi, que no lograría entender que no le pasara al resto de gente. Porque yo no me consideraba una persona de moral frágil. Eso sí, como enfermo soy de personalidad muy débil. No me cabe la menor duda.
Me mentalizo de que es duro y de que voy a sufrir, pero siempre me termina superando y más ultimamente. Pero aunque lo he pasado mal otra vez después de la última quimio, en este justo momento, a dos dias de la siguiente visita al potro de tortura, no me siento mal de ánimos. No me refiero a los ánimos de estar con gente y pasar el día más o menos animado. Hablo de los ánimos con los que afrontas el tratamiento. Porque es muy diferente cómo estoy cuando estoy con mi novia o con los amigos, que cuando encaro la puerta del hospital para que me atraviesen las venas. El ánimo es muy distinto y me repercute incluso en el estado físico. Es sorprendente cómo la mente puede provocar las ganas de vomitar. Creo que el martes lograré controlarlo más. Al menos voy a intentarlo.
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