Estoy nervioso. Mi malestar general y casi perenne es fruto de los nervios, no hay más. Estoy plenamente convencido de que si consiguiera quitarme todo lo que llevo dentro: mi intranquilidad, mi ansiedad, mi angustia, conseguiría que el dolor de estómago que ha puesto la tienda de campaña y ha creado un asentamiento eterno se fuese igual que vino. Bueno, igual que vino no, porque vino por causa del tratamiento y no será gracias a la quimio que se irá. No sé gracias a qué se irá, pero espero que se vaya. Algún día.
Si no fuera por ese remolino que tengo desde el pecho hasta los testículos y que no me permite un segundo de tranquilidad en todo el santo día, creo que estaría con posibilidades de intentar el doble tirabuzón hacia detrás. Me encontraría a la perfección. Lástima los malditos nervios. Al final tendré que comprar acciones de alguna empresa de papel higiénico. Si no me deshidrato antes de tanta cagalera.
Se acerca el temido segundo día de quimio y no consigo quitármelo de la cabeza. Trato de estar dándole vueltas a otros temas, pero es inevitable que vuelva como un boomerang una y otra vez. El siguiente paso sería asumir que no deje de pensar en ello y que pasara a no importarme tanto, pero ahí es donde falla la lógica. Puede que yo no sea nada lógico y de ahí el error, pero algo falla, porque a pesar de dar por descontado que mi pensamiento es casi monotemático, me sigue importando.
Es algo parecido a las conversaciones que mantiene la gente conmigo. Ya he tratado este tema en días anteriores, pero hoy me he dado cuenta de que a pesar de que me canse que me pregunten todos una y otra vez por cómo me encuentro o por mi estado de ánimo, me fastidia más que alguien no lo haga. Alguien a quien aprecio, evidentemente, porque es como si a él no le importara cómo me encuentre yo. Y quizá sea así y no a todos los que me importan a mí, yo les importe a ellos, pero como soy algo tonto, siempre pienso que los sentimientos son recíprocos. Hoy he confirmado que me importa que no me pregunten.
El caso es que el hecho de que alguna gente no me haya dicho qué tal me encuentro o se haya interesado por mí, aunque sepan por otras fuentes si estoy mejor o peor, a veces me mosquea. Me aburre soltar el mismo rollo una y otra vez: estoy bien y esto y lo otro, pero lo prefiero a saberme dejado de lado. O a pensar que no le importo a alguien que sí me importa a mí. ¡Qué manera de calentarme la cabeza tontamente! Definitivamente, tengo demasiado tiempo para pensar.
Suerte que casi todo el mundo está bastante encima mío y me hacen notar su apoyo y su cariño. Es muy importante ver que hay gente que te quiere, a pesar de que ya lo sepas de sobra y de que tu familia y amigos más cercanos sean gente cariñosa. Igualmente es necesario notar el calor y los ánimos de todos. Porque a pesar de estar siempre rodeado, o incluso multirodeado e hiperarropado, al final de todo, el que realmente tiene esto dentro y al que le meten caña por las venas es a mí. Yo soy el prota de este peliculón y aunque vea sufrir a los míos conmigo, soy yo el que está 24 horas con esto, con mi mente, con mi alma y sobre todo con mis desvaríos.
Gracias por quererme. Yo también os quiero.
Si no fuera por ese remolino que tengo desde el pecho hasta los testículos y que no me permite un segundo de tranquilidad en todo el santo día, creo que estaría con posibilidades de intentar el doble tirabuzón hacia detrás. Me encontraría a la perfección. Lástima los malditos nervios. Al final tendré que comprar acciones de alguna empresa de papel higiénico. Si no me deshidrato antes de tanta cagalera.
Se acerca el temido segundo día de quimio y no consigo quitármelo de la cabeza. Trato de estar dándole vueltas a otros temas, pero es inevitable que vuelva como un boomerang una y otra vez. El siguiente paso sería asumir que no deje de pensar en ello y que pasara a no importarme tanto, pero ahí es donde falla la lógica. Puede que yo no sea nada lógico y de ahí el error, pero algo falla, porque a pesar de dar por descontado que mi pensamiento es casi monotemático, me sigue importando.
Es algo parecido a las conversaciones que mantiene la gente conmigo. Ya he tratado este tema en días anteriores, pero hoy me he dado cuenta de que a pesar de que me canse que me pregunten todos una y otra vez por cómo me encuentro o por mi estado de ánimo, me fastidia más que alguien no lo haga. Alguien a quien aprecio, evidentemente, porque es como si a él no le importara cómo me encuentre yo. Y quizá sea así y no a todos los que me importan a mí, yo les importe a ellos, pero como soy algo tonto, siempre pienso que los sentimientos son recíprocos. Hoy he confirmado que me importa que no me pregunten.
El caso es que el hecho de que alguna gente no me haya dicho qué tal me encuentro o se haya interesado por mí, aunque sepan por otras fuentes si estoy mejor o peor, a veces me mosquea. Me aburre soltar el mismo rollo una y otra vez: estoy bien y esto y lo otro, pero lo prefiero a saberme dejado de lado. O a pensar que no le importo a alguien que sí me importa a mí. ¡Qué manera de calentarme la cabeza tontamente! Definitivamente, tengo demasiado tiempo para pensar.
Suerte que casi todo el mundo está bastante encima mío y me hacen notar su apoyo y su cariño. Es muy importante ver que hay gente que te quiere, a pesar de que ya lo sepas de sobra y de que tu familia y amigos más cercanos sean gente cariñosa. Igualmente es necesario notar el calor y los ánimos de todos. Porque a pesar de estar siempre rodeado, o incluso multirodeado e hiperarropado, al final de todo, el que realmente tiene esto dentro y al que le meten caña por las venas es a mí. Yo soy el prota de este peliculón y aunque vea sufrir a los míos conmigo, soy yo el que está 24 horas con esto, con mi mente, con mi alma y sobre todo con mis desvaríos.
Gracias por quererme. Yo también os quiero.
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