martes, 10 de julio de 2007

9 de Julio de 2007

Ya tengo a mis chavales congelados, listos para atacar cualquier óvulo que se les ponga por delante. Y son bastantes, por cierto, así que puede que dentro de un tiempo el planeta Tierra esté repleto de pequeños raperos pericos con especial predilección por el número 10. La cuestión es que cuando he llevado mi muestra de semen al centro de fertilidad para que lo metieran en la nevera y aseguraran la continuidad de la especie, antes de llevarlo a la zona de congelados lo analizan. Aquí es donde mis peores temores, esos que me decían que si mis muchachos estaban cojos no podría ser padre, se han disipado. Soy fértil. Aunque todo sea dicho, las he pasado canutas para llegar con mi botecito lleno.
La historia de nuestro heroe eyaculador, también conocido como Marcos, empieza la noche anterior cuando le cuesta conciliar el sueño por la presión de no tener un sueño húmedo y echar a perder los tres días de abstinencia sexual que piden para la congelación del esperma. La lista con las normas me metía más presión aún: no tener ninguna pérdida en los tres días anteriores, no derramar nada fuera del bote y lo que más me preocupaba, que no pase más de una hora desde el momento más álgido, o sea la eyaculación, y la entrega del bote en el centro de fertilidad. Esto suponía un grave problema porque yo tenía hora a las 10 de la mañana y el lugar donde tenía que entregarlo estaba en la otra punta de Barcelona. A las 9 en punto llevé a cabo el trabajito y salí pitando hacia la meta. Como era de suponer a esa hora sólo encontré coches y más coches. ¿Qué pasa que hoy todo el mundo va a congelar semen? ¿No teneis otro momento para circular con vuestro turismo? Llegué justo a las 10. Había pasado exactamente una hora. Mi paranoia mental, ultimamente todo un clásico en mi mente, hizo acto de aparición y empecé a pensar que no iba a ser válido. Se llevaron la muestra y la analizaron. La chica que recepcionó el bote, que por cierto tenía unos bonitos ojos azules, se puso guantes. Buen detalle.
Al cabo del rato los resultados estaban sobre una mesa a la que nos sentábamos un biólogo de una parte y yo por la otra. Mis chicos son válidos. Pero por los pelos. El biólogo (sí, un biólogo analizando semen, a mí también me sorprendió) me comenta que lo normal son unos 20 millones de espermatozoides y que yo les he llevado 34'1, menudo campeón estoy hecho. El problema es que lo normal suele ser que entre los espermatozoides rápidos y los progresivos sumen un 50% y en mi caso solo llegan al 32%. Resulta que el 48% de mis chavales son estáticos. ¡Casi la mitad son cojos! Vale que son muchos, pero son tontos. Igualito que la afición blaugrana. Por suerte, entre la multitud siempre hay unos cuantos que valen la pena y como hay bastantes más de lo habitual, aunque el % sea inferior, el número total de espermatozoides rápidos viene a ser una cifra buena. Menos mal. Un peso que me quito de encima.
Me sorprendió que en el maravilloso mundo de la fecundación in vitro hay mucho movimiento. Eramos pocos hombres, la mayoría mujeres. Y de mi edad más o menos. Cuánta gente hay con problemas para tener hijos y otros los tienen y no les hacen ni caso. Es lamentable que haya estas reparticiones tan injustas. Pero el mundo es injusto. Por eso yo estoy enfermo y Aznar se dedica a vivir del cuento y promover que los conductores le den al alpiste sin remordimientos. Sobre todo si es de la marca de vino que le pagaba por hacer aquella conferencia.
Lo más probable es que no me quede estéril. O esa es mi esperanza. Aunque ahora que ya he hecho todo lo que tenía que hacer, empiezo a ver que ya ha empezado todo. Ya empezó con la raja del cuello, que por cierto está cicatrizando bastante bien, pese a que supongo que se me quedará una buena señal de guerra, pero ya empiezo a ver lo que la enfermedad me hace hacer y pensar. Donar semen, darle vueltas y más vueltas a la paternidad, a la vida, a su creación y a su desaparición. Es insuperable el fenómeno de la vida. Unas nacen a la vez que otras se apagan. Espero que la mía siga brillando mucho tiempo, pero en algún momento se me ha pasado por la mente que pueda dejar de hacerlo. Y en cambio estoy congelando esperma por si lo necesito para crear un nuevo ser. Son cosas en las que no te paras a pensar si no te sucede algo en tu existencia que te empuja a ello.
Vivimos demasiado curados de espanto de todo. La tele ayuda a ello. Y los juegos de consola. Podemos matar a mil personas en la play o ver en las noticias que han muerto 100 personas por los motivos más diversos, pero la mayoría de nosotros ni nos inmutamos. Luego algún amigo o familiar trae una nueva vida al mundo y nos emocionamos, pero rápidamente se nos vuelve a olvidar el éxtasis de la vida. Porque la vida es una explosión que hay que disfrutar desde el primer minuto hasta el último. Y eso es difícil. Pero debería ser así. La vida está infravalorada. No nos damos cuenta, pero no le otrogamos el valor que tiene. Sus acciones cotizan a la baja actualmente, pero sus activos reales son infinitos, porque nosotros somos vida. única y exclusivamente vida. Y cuando la vida se acabe quizá seremos eternos. O inmortales, como dice el tattoo de mi pierna, pero de momento lo que somos es vida. Yo por lo menos voy a intentar aprovecharla.

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